La izquierda a la izquierda del PSOE en Aragón vuelve a afrontar una cita electoral con un problema tan conocido como persistente, la fragmentación. IU más Sumar, Podemos y Chunta Aragonesista concurren, una vez más, sin un proyecto unitario, apelando cada uno a su identidad, a su historia y a su electorado propio. La decisión tiene virtudes políticas evidentes, pero también un coste electoral que la experiencia y la doctrina advierten con claridad.

Desde el punto de vista identitario, concurrir por separado permite a estas formaciones preservar su perfil ideológico, mantener la coherencia discursiva y reforzar el vínculo con sus bases más fieles. CHA protege su aragonesismo de izquierdas, IU su tradición de izquierda clásica y Podemos su ADN de ruptura. No es un argumento menor porque la representación política no es solo aritmética, también es reconocimiento simbólico.

Pero el sistema electoral aragonés no premia la pureza ideológica sino la eficacia agregada del voto. Con circunscripciones provinciales, reparto mediante D’Hondt y una barrera legal del 3 %, el riesgo de concurrir fragmentados es alto porque los votos que no alcanzan ese umbral se pierden, no se traducen en escaños y acaban reforzando indirectamente a las fuerzas mayoritarias. Es el conocido fenómeno de los restos, decisivo en parlamentos pequeños como el de Aragón.

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En sistemas proporcionales con barreras y distritos de tamaño medio o pequeño, la división penaliza severamente a los espacios ideológicos fragmentados. No se trata de una hipótesis teórica, sino de una evidencia empírica repetida elección tras elección.

El contraste con la derecha es ilustrativo. Desde la refundación del PP a finales de los años ochenta, la derecha española asumió con José María Aznar, como principal arquitecto, que la dispersión era un lujo que no podía permitirse. CDS, UPyD y Ciudadanos acabaron siendo absorbidos o diluidos. En Aragón, incluso una parte sustancial del PAR terminó integrada en ese espacio. El mensaje fue claro, la unidad para maximizar el poder institucional. Solo la irrupción de Vox, como escisión ideológica ha cuestionado parcialmente esa lógica. Aun así, la derecha sigue compitiendo con dos actores principales, no con cuatro o cinco, y lo hace desde una base electoral más concentrada y disciplinada.

La izquierda aragonesa, en cambio, parece aceptar como precio inevitable de la coherencia la pérdida de representación. El problema es que esa pérdida no es solo simbólica, tiene consecuencias concretas en la formación de mayorías, en la capacidad de condicionar gobiernos y en la posibilidad real de aplicar políticas públicas acordes a esos valores.

La pregunta de fondo no es si es legítimo ir separados, que lo es, sino si es políticamente eficaz en un escenario electoral que castiga la división. Mantener la identidad puede ser una virtud, convertir el voto en irrelevante, un error estratégico. En Aragón, como en tantos otros lugares, la izquierda alternativa sigue debatiéndose entre representar bien a los suyos o representar más en las instituciones.

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